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EL PAPEL DE LOS PINARES EN LA VEGETACIÓN HOLOCENA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. (1ª parte)

1.- Introducción.
2.- Variación Finicuaternaria Del Área Ibérica De Las Diferentes Especies Del Género Pinus
3.- Papel De Los Pinares En El Paisaje Vegetal Ibérico Desde Hace 20.000 Años Hasta Nuestros Días
4.- Los Pinares De La Cordillera Cantábrica
5.- Pinares En El Valle Del Ebro
6.- Un Territorio Sin Dominancia De Pinares Durante El Holoceno: La Cuenca De Padul (Granada).
7.- Evolución De Lo Pinares En El Sistema Central Ibérico
8.- Consideraciones Finales
9.- Referencias Bibliográficas

 
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1. INTRODUCCIÓN.

Es ya un tópico en la literatura botánica/forestal española la discusión acerca del papel que en el paisaje vegetal natural han desempeñado las coníferas (en especial, las pertenecientes al género Pinus). Frente a posturas maniqueas sobre la interpretación del carácter que presentan buena parte de los pinares en nuestra cubierta forestal se han ido imponiendo últimamente discusiones de mayor calado científico, más documentadas, en las que las disciplinas paleobotánicas (fundamentalmente), pero también otras como las relacionadas con referencias históricas o fitotoponímicas, han arrojado luz en estas discusiones. El progresivo desarrollo de estudios palinológicos o de macrorrestos vegetales (encontrados en diferentes tipos de yacimientos paleobotánicos) experimentado en los últimos tiempos en nuestro país, ha ido rellenando esa carencia documental que faltaba a la hora de validar o no la naturalidad de ciertos tipos de pinares.

Para casos concretos, más o menos polémicos, se ha ido aportando ese tipo de información, pero parece oportuno ahora realizar una síntesis de esa documentación para el marco peninsular y dar de esta forma una idea de conjunto acerca del papel que los pinares han desempeñado y desempeñan en la cubierta forestal natural de la Península. Es lo que se pretende a continuación trayendo a colación los trabajos paleobotánicos más modernos unidos a otros ya clásicos.

Huelga destacar la importancia que tiene el manejar este tipo de información a la hora de planificar aspectos relativos a uso y gestión del territorio o actuar de una forma o de otra sobre el paisaje vegetal, pues de ello puede depender adulterar la esencia botánica de un territorio o acaso perder un vestigio de un paisaje que, muchas veces en forma de auténtica reliquia vegetal, ha conseguido llegar hasta nuestros días.

2. VARIACIÓN FINICUATERNARIA DEL ÁREA IBÉRICA DE LAS DIFERENTES ESPECIES DEL GÉNERO PINUS

El género Pinus se encuentra registrado en la península Ibérica desde periodos geológicos muy anteriores al Cuaternario (NIDO et al., 1999). En la actualidad, seis especies tienen presencia espontánea en la misma: P. uncinata, P. sylvestris, P. nigra, P. pinaster, P. pinea y P. halepensis (CATALÁN et al., 1991; ALÍA et al., 1996; GIL et al., 1996; PRADA et al., 1997). Antes de hablar de los pinares como formación y de su papel en algunas regiones peninsulares, conviene hacer alusión a un hecho, en sí mismo lógico, y acerca del cual se han realizado interesantes hallazgos en los últimos años: la variación del área de distribución de distintas especies del género Pinus en los últimos tiempos del Cuaternario.

Así, es conocido ya el hecho (al que nos referiremos más adelante) del registro de Pinus uncinata en la cordillera Cantábrica (donde hoy en día no tiene presencia natural) en diferentes momentos del Tardiglaciar y Holoceno (MENÉNDEZ AMOR & ORTEGA SADA, 1958; HANNON, 1985). Del mismo modo Pinus nigra ha sido identificado en distintos puntos de la cuenca del Duero, fuera de su área de distribución actual: estróbilos y maderas fósiles en Cevico Navero y Aguilar de Campóo, ambos en Palencia (ROIG et al., 1997; ALCALDE, 1999). Otro tanto sucede con el registro antracológico que pone de manifiesto la presencia del último taxón señalado, hace tan sólo 7.000 años, en áreas próximas a la costa mediterránea (BADAL et al., 1994).

También Pinus sylvestris tiene registro fósil de hace menos de 10.000 años en zonas distantes de su área natural actual: piñas en Aguilar de Campoó -Palencia-, maderas fósiles en Quintana Redonda -Soria- y Páramo de Tozo -Burgos- (ALCALDE, op.cit.; GARCÍA ANTÓN et al., 1995; MUÑOZ SOBRINO et al, 1996), lo cual pone de manifiesto una corología holocena diferente de la actual.

Con todo, el caso más polémico quizá sea el de Pinus pinea, sin duda debido a la extensión que por parte del hombre se ha hecho de su área natural, debido al indudable interés que históricamente han tenido sus piñones y que ha provocado que, ocasionalmente, se haya cuestionado su origen natural en la Península; sin embargo y del mismo modo que ya ha sido puesto de manifiesto en Francia (BACILE-ROBERT, 1981), son ya diversas las evidencias que el registro fósil ha aportado en relación con la presencia antigua en la Península del citado taxón. A este respecto hay que destacar el hallazgo de piñones y restos de piñas, correspondientes a esta especie, en diferentes yacimientos arqueológicos peninsulares (METCALF, 1958; RUBIO, 1988; BADAL, 1991; PRADA et al. 1997; GIL, 1999). La antigüedad de estos indicadores paleobotánicos se remonta a varios miles de años, en algunos casos al periodo Tardiglaciar.




Por otra parte hay que referirse también a la integración del pino piñonero, en función de su mesología, en el mosaico que expresa la tipología de paisajes vegetales de la península Ibérica, tanto desde el punto de vista catenal como dinámico. En este sentido es destacable su papel paisajístico en los sustratos arenosos del litoral suroccidental ibérico, donde la estabilidad y el grado de humedad de la arena (determinante para su capacidad de regeneración), constituyen factores clave para el ajuste de su protagonismo en el paisaje (junto a otros tipos de vegetación como son los sabinares y enebrales de las dunas - J.phoenicea subsp. turbinata, J. oxycedrus subsp. macrocarpa-, alcornocales o comunidades de las arenas móviles). Hay que señalar que precisamente en la región suroccidental ibérica se han realizado numerosas exploraciones paleobotánicas en sedimentos higroturbosos; los registros palinológicos obtenidos muestran reiteradamente la importancia paisajística de los pinares en el área durante el Holoceno (MENÉNDEZ AMOR & FLORSCHUTZ, 1964; CARATINI & VIGUIER, 1973; STEVENSON, 1985; STEVENSON & MOORE, 1988).

Cabe mencionar otros ejemplos de la adecuación al biotopo de Pinus pinea. Pueden citarse los pinares de ambientes berroqueños que encontramos en algunas zonas graníticas muy ricas en cuarzo y pobres en feldespatos -de gran resistencia a los procesos de alteración- del sector occidental del Guadarrama; en ellas la especie que nos ocupa muestra una perfecta adaptación y frecuentemente se convierte en la protagonista del paisaje vegetal (protagonismo al que se suele asociar también el enebro de la miera -Juniperus oxycedrus-).

En los arenales de la cuenca del Duero (en este caso conjuntamente con P. pinaster) también desempeña un papel destacado en el paisaje natural que es más importante hacia el centro de la cuenca, en tanto que P. pinaster toma la hegemonía en los arenales que se desarrollan hacia el piedemonte del Guadarrama (Tierra de Pinares segoviana).

Aún se pueden añadir otras áreas peninsulares en las que P. pinea muestra una presencia espontánea significativa. Así aparece formando rodales claros y en este caso de poca extensión, en los ambientes berroqueños de algunas solanas de Sierra Morena o en los enclaves graníticos catalanes, como el macizo de las Gavarras, donde (aquí sobre grandes superficies) alterna en la dominancia con el alcornoque.

3. PAPEL DE LOS PINARES EN EL PAISAJE VEGETAL IBÉRICO DESDE HACE 20.000 AÑOS HASTA NUESTROS DÍAS

Es útil establecer un punto de partida para hablar de la diferente importancia que los distintos tipos de paisajes vegetales -y entre ellos los pinares- han tenido en los últimos tiempos del Cuaternario y enlazar o conectar, en esa secuencia, los paisajes actuales (teniendo en cuenta por supuesto la intensa labor transformadora llevada a cabo por el hombre, sobre todo a lo largo de los dos últimos milenios). Una referencia de interés puede ser el estado de la cubierta vegetal ibérica en el momento final del último máximo glaciar, es decir, hace aproximadamente unos 20.000 años (el más crítico por lo que a mínimos térmicos se refiere, del periodo glaciar würmiense). Una recreación de las características de la cubierta vegetal para esa edad ha sido propuesta hace poco tiempo (Fig. 1); en ella se puede apreciar la importancia que los ambientes no forestados (sin bosques como expresión de la vegetación dominante) tuvieron en ese momento en la Península (MALDONADO, 1994; GARCÍA ANTÓN et al. , 1999). Distintas agrupaciones de matorrales y estepas herbáceas ocuparon amplios territorios sobre todo en el centro y norte peninsulares. Las formaciones extensas con carácter forestal debieron mantenerse sobre todo en el cuadrante suroccidental ibérico y de manera más restringida (a menudo como condición de refugio) en diferentes puntos del Este y Norte.

La mejoría climática que se inicia a partir de ese periodo (con muchas fluctuaciones, por supuesto) conlleva una recuperación de los bosques. Esta recuperación no se produce de la misma forma ni con la misma rapidez en las diferentes partes de la Península: varía mucho en función de parámetros tales como condiciones climáticas locales o regionales, distancia de los refugios, barreras geográficas, etc. Además, en el curso de ese proceso, en no pocas ocasiones los espacios recuperados por el bosque debieron ver cómo la estructura y/o composición de los mismos variaba también en función de las mencionadas fluctuaciones en las condiciones climáticas desde ese máximo wurmiense (interestadios, enfriamientos y calentamientos relativos, etc). En ese marco es donde debe inscribirse la evolución del papel paisajístico de los pinares en la Península.

Una primera valoración de la variación de su importancia cuantitativa en el paisaje fue realizada por HUNTLEY & BIRKS (1983) en su ya clásico trabajo sobre las principales especies arbóreas en Europa en los últimos 12.000 años, con expresión cartográfica para cada periodo de 1.000 años del Holoceno (Fig. 2).

Desde el momento de la publicación de ese trabajo, fecha en la que se disponía aún de muy pocos datos ibéricos, se han producido gran cantidad de estudios de carácter paleobotánico en la Península (tanto relativos a polen fósil como a otros informadores paleobotánicos: maderas, macrorrestos, carbones, etc) con lo que el conocimiento de las variaciones paisajísticas holocenas ha mejorado sensiblemente en los últimos tiempos. A continuación se muestran algunos ejemplos en diferentes ámbitos geográficos del conjunto peninsular, en los que destacamos la función de los pinares.

4.- LOS PINARES DE LA CORDILLERA CANTÁBRICA: Pérdida paulatina de protagonismo (causas climáticas y antrópicas).

Persistencia de poblaciones relictas

Las regiones montañosas del norte de la península Ibérica constituyen uno de los territorios mejor conocidos desde el punto de vista paleofitogeográfico. Son numerosos los análisis polínicos realizados en turberas de distintos puntos de la cordillera Cantábrica (MARTÍNEZ ATIENZA, 1999); así mismo se han efectuado estudios de maderas y otros macrorrestos en algunos de ellos. El periodo que abarcan los citados estudios es amplio y comprende tanto tiempos tardiglaciares como holocenos; existen incluso yacimientos en la base septentrional de la cordillera cuya edad supera el límite de datación isotópica del C14 (aunque por las características de los restos hallados probablemente se sitúen en un Pleistoceno inferior/medio o incluso un Terciario superior - ALONSO MILLÁN et al., 1999-).

Un avance de síntesis o resumen integrado de los resultados de diferentes trabajos (MORLA, 1996) indica que si bien los restos de pinar natural en el ámbito de la cordillera Cantábrica pueden considerarse muy escasos (quedan limitados a las manifestaciones de Alto Porma -León-, Alto Carrión -Palencia- y un pequeño rodal en la portuguesa sierra de Xeres, en peligro de extinción a causa de los incendios recurrentes que se producen en la zona para la regeneración del brezal con fines ganaderos), su importancia en los diferentes momentos del Tardiglaciar y Holoceno fue, sin embargo, mucho mayor (aunque desigual según las diferentes zonas de la cordillera y la cronología).

Uno de los aspectos más destacables es la importancia de los bosques de pinos en los primeros momentos de la recuperación climática postwurmiense, momento en que se produce la ocupación por formaciones arbóreas de los espacios deforestados. Los pinares fueron las formaciones arbóreas dominantes durante prácticamente todo el Tardiglaciar; las especies que se vieron implicadas en dichos pinares fueron fundamentalmente P. sylvestris (el de mayor importancia) y P. uncinata (MENÉNDEZ AMOR & ORTEGA SADA, 1958; HANNON, 1985, SÁNCHEZ HERNANDO et al. 1999).

Con la llegada del Holoceno las condiciones climáticas se tornan aún más favorables (humedad y temperatura más elevadas) pero los pinares comienzan a perder hegemonía.

Esta pérdida de posiciones es paulatina y afecta fundamentalmente, y en primer lugar, a las vertientes septentrionales de la cordillera en las que las condiciones de humedad y debilidad de la oscilación térmica no constituyen precisamente los ambientes más favorables para los pinares altimontanos que ocupaban la cordillera. Ésa es probablemente la causa de que entre las primeras áreas que experimentan la reducción o incluso la desaparición de los bosques de pinos tardiglaciares, se encuentre el macizo de los Picos de Europa. En efecto, ese importante relieve (muy abrupto y en el que se encuentran las cimas más elevadas de la Cordillera -p.e. Torre Cerredo, con más de 2.600 m-), constituye en cierto modo un bloque desgajado hacia el norte del eje central de la cadena. Esa posición le hace estar sometido, en mayor medida que otras áreas, a las influencias oceánicas cantábricas, explicándose de ese modo una desaparición temprana del pinar, coetánea con su mantenimiento en puntos más interiores de la cordillera situados en la misma longitud, p.e. el macizo de Peña Prieta/puertos de Riofrío o la cuenca alta del Porma en las cercanías de Puebla de Lillo (Fig. 3).

Hay también que situar en este proceso el hecho de que a lo largo del Holoceno las agrupaciones constituidas por otros taxones arbóreos (con carácter mixto o monoespecífico) comienzan a cobrar importancia en la Cordillera; las relaciones de competencia por el espacio que lógicamente se establecieron en muchos lugares no es ajena obviamente a la evolución del tapiz vegetal. Con relación a los pinares debe señalarse que en las áreas donde éstos mostraron una menor capacidad competitiva (áreas septentrionales y húmedas, cotas inferiores, etc) fueron sustituidos prontamente por bosques de otras especies (robles, hayas), mientras que en las zonas de climatología más afín a sus requerimientos (zonas elevadas, vertientes continentales) mantuvieron una presencia significativa a lo largo de todo el Holoceno.

Lo comentado para el caso de los Picos de Europa puede hacerse extensivo a todas las zonas de la cadena en las que haya podido establecerse un eje de variación ambiental expresivo de la polaridad subcontinentalidad/oceanidad.

La exigua representación de lo que consideramos en la actualidad pinares naturales en la cadena (y a la que nos hemos referido en líneas anteriores) constituye una manifestación de los restos de esos pinares que vivieron en la cordillera Cantábrica al final del Cuaternario. La ausencia de una mayor expresión de los mismos (que cabría esperar) puede ser explicada por la acción antrópica que aceleró su merma en un marco climático compatible con las distintas especies de frondosas ya mencionadas (FRANCO MÚGICA et al., 1996; GARCÍA ANTÓN et al., 1997). GIL (1994) hace referencia a la intensa acción antrópica a que se vieron sometidos los bosques castellano-leoneses a lo largo de los dos últimos tercios del Holoceno.

5. PINARES EN EL VALLE DEL EBRO

La depresión del Ebro constituye una unidad geográfica y estructural muy bien delimitada por sus bordes montañosos: Pirineos, Sistema Ibérico, cordilleras Costero-Catalanas. En general las grandes cuencas terciarias de la Península se tienden a considerar como espacios homogéneos y dotados de una gran estabilidad geomorfológica (debido a la ausencia de una proporción importante de grandes relieves). Esa aparente homogeneidad litológica y geomorfológica no es tal si consideramos la conjunción de materiales cuaternarios, paleógenos y neógenos (éstos dominantes), con destacada importancia de los yesos, a los que hay que añadir los depósitos endorreicos, con grados variables de salinidad. Además, en la actualidad se produce una activa dinámica de evolución de vertientes y existen así mismo numerosos espacios en que son frecuentes pendientes acentuadas y desniveles de importancia (entre las tierras de Fuendetodos y el centro de la cuenca en Fraga hay más de 600 m de desnivel). Estas consideraciones sobre aspectos relativos a la geografía física tienen interés por cuanto, por su variabilidad, van a facilitar los procesos de paleodinámica vegetal (en un medio geomorfológicamente estable son más difíciles los cambios o desplazamientos de unas agrupaciones vegetales por otras, o bien operan con mayor lentitud).

En cuanto a la información paleofitogeográfica hay que destacar un interesante sondeo marino en el Delta (YLL & PÉREZ OBIOL, 1992), de cronología tardiglaciar y holocena temprana. En ese periodo se manifiesta una presencia destacada de Pinus (que predomina ampliamente sobre la representación de Quercus) hasta las proximidades del inicio del Holoceno; Artemisia constituye el principal contingente de los pólenes no arbóreos hasta ese momento. A partir de los 11.000 BP., se incrementa la proporción de pólenes arbóreos, manteniéndose el nivel de Pinus y aumentando sensiblemente el de Quercus, a la vez que Artemisia prácticamente desaparece. Datos de una edad más reciente (Holoceno) de la zona del Delta (JONKER, 1952) ponen de manifiesto que la situación alcanzada a principios del periodo se mantiene con pocas variaciones hasta los tiempos actuales.

Frente a los datos relativos a la zona costera, los sondeos polínicos practicados en la parte central de la cuenca (DAVIS, 1994) ponen de manifiesto una fuerte presencia de Juniperus en el Holoceno antiguo (muy por encima de la proporción alcanzada por Pinus), situación que parece remontarse bastante en el tiempo (probablemente entrando en el final del Pleistoceno). La dominancia de Juniperus sobre Pinus se ajustaría bastante a una lógica Tardiglaciar y de inicio del Holoceno en el interior de la cuenca (más continental que lo observado en el yacimiento del Delta, donde en el Tardiglaciar predominaba netamente Pinus ).

Para la segunda mitad del Holoceno la información que proporcionan los distintos registros realizados en los yacimientos del interior de la cuenca es muy coincidente (BENAVENTE et al., 1994; LÓPEZ GARCÍA & LÓPEZ SAEZ, 1994; BURJACHs et al ., 1996; DAVIS, 1994). Todos ellos muestran una gran regularidad en el comportamiento de la cubierta vegetal, con dominancia de Pinus y presencia continua de Quercus, Juniperus (que pierde la hegemonía manifestada al comienzo del Holoceno) y Olea, taxón éste que experimenta un apreciable incremento en el último milenio como consecuencia de la acción antrópica. Esta situación se mantiene hasta la actualidad según ponen de manifiesto algunos diagramas de registro muy reciente: p.e. Gallocanta -Zaragoza- y Olvena -Huesca-.

En otros casos se observa una reducción del pinar, muy reciente y pareja al incremento de indicadores antrópicos, de hecho la importancia de la actividad del hombre ha sido intensa en muchos puntos del centro de la cuenca durante el Holoceno (BENAVENTE et al., 1994). Es frecuente que la situación que reflejan los diagramas en su extremo superior concuerde muy bien con el paisaje actual de los parajes próximos a los yacimientos.

6. UN TERRITORIO SIN DOMINANCIA DE PINARES DURANTE EL HOLOCENO: la cuenca de Padul (Granada).

La región andaluza es uno de los territorios peninsulares que cuenta con menos fuentes de información paleobotánica (excepto en algunos sectores de la franja costera). En la cuenca del Guadalquivir, cuyo amplio valle central ha sido intensamente explotado agrícolamente por el hombre desde antiguo, son particularmente escasos. Por ello la reconstrucción de lo que pudieron ser sus paisajes vegetales pretéritos (preantrópicos) constituye una tarea no demasiado sencilla. Sin embargo la existencia al sur de Granada de uno de los mejores yacimientos a escala europea (Padul), sí nos permite realizar una serie de observaciones de interés para esa zona. En Padul (800 m) existe una antigua depresión endorreica rellena de sedimentos higroturbosos con una potencia que supera ampliamente los 50 metros. Este yacimiento ha sido estudiado dos veces por distintos equipos de investigadores (MENÉNDEZ AMOR & FLORSCHÜTZ, 1964; PONS & REILLE, 1988), registrándose una amplia secuencia que abarca buena parte del Pleistoceno superior y todo el Holoceno. Las cronologías correspondientes a los acontecimientos acaecidos en los últimos 30.000 años (que incluyen el último máximo glaciar, el Tardiglaciar y el Postglacial) se encuentran particularmente bien detalladas gracias a la abundancia de dataciones isotópicas (C14) practicadas por los investigadores del segundo de los trabajos citados.

La parte del diagrama polínico correspondiente a los 8 metros más próximos a la superficie (Fig. 4) abarca aproximadamente esos últimos 30.000 años. En esa secuencia se aprecia, en los momentos finales del Pleistoceno, la persistencia de paisajes forestales (periodo comprendido entre 20.000 BP y 13.000 BP). El contenido de pólenes arbóreos en ese tramo es apreciable, sobrepasando por término medio el 50% de los pólenes totales (tan sólo hay dos situaciones en que los porcentajes se aproximan al 20%). Esos bosques que vivieron en zonas de altitud media de las montañas andaluzas en uno de los momentos más fríos del Cuaternario, estuvieron dominados por especies del género Pinus, aunque no exclusivamente, pues en pequeña proporción otros taxones contribuían también a integrar las agrupaciones forestales.

La mejoría climática que acompaña al periodo Tardiglaciar se traduce en notables cambios en la composición de los bosques. Los citados cambios consisten fundamentalmente en la sustitución de los pinos por especies del género Quercus (tanto caducifolios como perennifolios) que pasan a ser los protagonistas principales de las formaciones forestales . No hay que olvidar también la importante presencia en esos periodos pasados de distintos árboles y arbustos como Betula o Corylus, así como otros que no se caracterizan precisamente por su gran capacidad polinizadora (tanto géneros con especies mesófilas -Acer, Alnus-, como termófilas -Olea, Coriaria, Arbutus, Rhamnus, Viburnum, Phillyrea, Pistacia-). Los pinos, no obstante, mantienen una presencia sostenida a lo largo de todo el periodo (final del Tardiglaciar/Postglaciar) y cabe pensar que, como elementos dominantes, pudieron llegar a ocupar posiciones más elevadas en estas montañas andaluzas meridionales.


 

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